Nota en Marie Claire
Cuando cumplí 40 años mi profesora de gimnasia me propuso hacer el cruce de los Andes con ella. El desafío constaba en correr 105 km en 3 días.
Así fue que nos anotamos y empezamos a entrenar juntas. Tomar la decisión fue el primer paso para la motivación y el compromiso que continuaron después. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida adulta.
No sólo por la experiencia de haber vivido en la montaña y haber perdido casi todas las uñas de los pies, sino porque lo más significativo fue haberlo logrado en ese momento.
Cruzar ese puente de finalización fue recuperar toda la confianza en mí. Fue entender la magnitud de tener una dirección clara hacia dónde ir. Porque la duda cuando nos invade paraliza y no nos permite avanzar.
Decidiendo hacia dónde queremos ir es la única manera de progresar hasta límites inimaginables. Fue con esa experiencia de vida que sentí la conexión con mi propia belleza.
La belleza tiene muy mala fama. Se la tilda de frívola, superficial y sofisticada. Mucha gente que conozco, al ser interrogada por su belleza responde que la imagen no le importa, que no le presta atención.
Sólo le importa dedicar su tiempo a cultivar conocimiento y espiritualidad. ¿No será que la siente lejana? ¿O no conoce el verdadero significado de la belleza? Sin embargo para mí es parte de mi vida, es una verdadera aliada.
Tenemos que entender que sentirnos bellos es mucho más que pensar en la imagen. Para mí es evolucionar, comenzar a vibrar en otra frecuencia, es vivir contagiando y transmitiendo placer a uno mismo y a los demás. ¿Acaso no es ése el significado de la belleza?